Historia

Del Uso de la Tierra

La configuración actual de los usos de la tierra en el territorio propuesto presenta una gran diversidad, derivada de la existencia de áreas concretas con condiciones muy específicas, en las que, a su vez, se han ido acentuando ciertas peculiaridades, modeladas por un aprovechamiento humano desigual, cuyo origen se remonta a épocas prehistóricas.

La omnipresencia de los ríos, pertenecientes a la cuenca alta del Miño, es un rasgo común en estos paisajes, cuyos habitantes han buscado desde tiempos inmemoriales la proximidad de los cursos de agua para establecer los asentamientos, y han desarrollado numerosas formas para aprovechar este recurso: caneiros para la pesca, molinos movidos por la fuerza del agua, herrerías…debiendo destacarse cómo la presencia humana y el uso tradicional de los recursos desde muy antiguo han contribuido en gran medida a la conservación hasta el momento actual de los valores naturales y culturales de Terras do Miño.

La configuración histórica de estos paisajes ha ido evolucionando a lo largo de los tiempos según se sucedían las diferentes eras geológicas.

A partir de registros polínicos se ha podido establecer que los cambios climáticos producidos al inicio del Holoceno supusieron una importante alteración de los paisajes de este territorio, favoreciendo la expansión regional de los bosques. Las formaciones arbóreas planocaducifolias, robledales y avellanedas fundamentalmente, continuaron con la labor pionera de los abedulares, colonizando la mayor parte de los pisos inferiores del cinturón montañoso que delimita el área.

De este modo, hace entre 8500 a 8000 años, la vegetación arbórea climácica ya estaba plenamente consolidada en la región; a su vez, en áreas propensas a la inundación, tales como la Terra Chá, los abedulares también constituyeron comunidades riparias de cierta extensión, por lo que sólo permanecieron deforestadas parte de las cumbres de las principales sierras, así como ciertos ambientes en los que las condiciones particulares del clima o del substrato favorecieron el asentamiento de comunidades azonales: ecosistemas limnéticos, matorrales y herbazales.

El viento y el exceso de humedad que caracterizan a las sierras sublitorales que delimitan el área por el norte y el oeste, no solamente restringieron la colonización arbórea, sino que, a su vez, sus condiciones hiperhúmedas, junto con la topografía aplanada de sus cumbres, favorecieron la proliferación de ambientes higroturbófilos. Este tipo de configuración paisajística, ajena a los parámetros climáticos regionales, todavía permanece vigente en la actualidad en algunas de las sierras más próximas a la costa.

Los vestigios arqueológicos procedentes de diversos yacimientos ubicados en el entorno de la Sierras de Xistral y Cadramón, confirman la existencia de asentamientos epipaleolíticos en este territorio. La actividad cazadora y recolectora de estos primeros pobladores ocasionó perturbaciones considerables en algunas localidades, aunque en conjunto, no parece que hayan representado una transformación significativa de los paisajes de esta región.

En varias áreas pantanosas ha quedado registrado durante el Holoceno Medio un período de fuerte desarrollo de elementos leñosos, tanto de porte arbustivo (Myrica , Erica ), como arbóreo (Betula , Alnus , Salix ), que llegaron a invadir algunos de los depósitos turbosos situados a menor altitud, como se ha documentado en el puerto de A Gañidoira (Sierra del Xistral, Lugo), en el que los elevados porcentajes de Betula registrados entre el 6.895-3.735 BP, así como la presencia de abundantes macrorrestos leñosos, atestiguan la implantación del abedular sobre la superficie del humedal.

Al final del Holoceno Medio se produce la adopción de las técnicas agrícolas (agricultura de rozas basada en la utilización del fuego) y ganaderas, y aunque en un principio la presión antrópica sobre el medio natural fue bastante reducida, el sucesivo desarrollo y auge de las culturas del Calcolítico, de la Edad del Bronce y del

Hierro tuvo como consecuencia una acusada deforestación del territorio.

Todo este intervalo estaría marcado por la progresiva necesidad de incrementar los espacios destinados a la agricultura y a la actividad ganadera, con el fin de satisfacer las demandas derivadas del aumento de población. A su vez, la minería y la metalurgia asociada a ella, con el consiguiente consumo de madera y carbón vegetal que suponen estas actividades, comenzaron a partir de la Edad del Bronce, intensificándose posteriormente, durante la Edad del Hierro y la Época Romana.

De acuerdo con los registros polínicos, en valles y depresiones el mínimo arbóreo es anterior a la Romanización, que se inició en el NO ibérico en un momento en que una buena parte de los bosques ya habían desaparecido, sustituidos por matorrales, praderas y labradíos.

Sin embargo, en las áreas más remotas de las montañas septentrionales la máxima deforestación no se registra hasta la Edad Media.

Durante el régimen feudal (siglos IX y X) comienza el poblamiento rural con finalidad colonizadora. El incremento poblacional supuso una evolución de la agricultura hacia la intensificación, tal y como muestra la documentación de este período sobre la existencia de rotaciones bienales de centeno-barbecho, o de centeno con mijo o nabos en el territorio de Terras do Miño.

El continuo crecimiento demográfico registrado a partir de los siglos XII y XIII, tuvo entre otras consecuencias un incremento de la presión humana sobre las masas forestales, en busca de nuevas tierras y de materias primas. En este período se estableció el régimen foral en Galicia con una gran repercusión en la estructura de la propiedad, las formas de organización agraria y los aprovechamientos.

Se registra una mayor demanda de materiales de construcción y el inicio de una serie de actividades, como la creación de astilleros en diferentes puertos del Cantábrico y del Atlántico o la proliferación de ferrerías; y comienza una nueva fase de profunda regresión de los bosques.

Esta tendencia se acentuaría durante los años posteriores y alcanzó su máxima intensidad a lo largo del siglo XVI, con la necesidad de mantener el contacto con los territorios de ultramar y el esfuerzo por dominar el comercio marítimo.

Muchos de los montes de este territorio terminaron por transformarse en áreas de matorral, que durante los últimos siglos han desempeñado un papel capital dentro de la agricultura de la región.

En realidad, fue sólo a partir de los años 1959-1960 cuando los modos tradicionales de utilización de la landa comenzaron a abandonarse.

Con anterioridad, las formas tradicionales de explotación incluyeron diversas prácticas características de manejo que terminaron por convertirse en uno de los principales elementos vertebradores del paisaje.

Las estivadas o rozas , (consistentes en roturar, quemar y cavar zonas de terreno inculto para la obtención de una cosecha de cereal) fundamentadas en la utilización del fuego, tenían como finalidad la obtención de una única cosecha, bien fuese de centeno o de trigo, aunque desde finales del siglo XIX y sobre todo a partir de 1920, comenzaron a obtenerse dos cosechas sucesivas, gracias al empleo de escorias de deforestación y superfosfatos.

El objetivo de esta operación era, una vez obtenida la cosecha, la renovación de la cubierta de tojos y retamas, cuyas semillas se sembraban y germinaban tras la cosecha de cereal. Se practicaban en lomas, elementos de altiplanicies o porciones de laderas suaves, más que en vertientes extensas o de pendientes pronunciadas.

Las fases de descanso estaban fijadas de acuerdo a la calidad del monte y a las posibilidades que este ofrecía.

Otra práctica de notable importancia fueron las puestas en cultivo temporales, realizadas durante varios años consecutivos, según una rotación centeno-barbecho y en ciclos de entre 6-10 años, tras los cuales el suelo se abandonaba y pasaba a ser invadido por la vegetación espontánea. Entre 12-30 años más tarde, siempre períodos más largos que los de puesta en cultivo, volvían a reanudarse los ciclos centeno-barbecho.

A su vez, el matorral se ha aprovechado tradicionalmente para producir el esquilmo o estrume (restos vegetales en seco de tojos, retamas…), indispensable para la cama de los animales y para la consecución de abundantes estiércoles y, por tanto, fundamental para un sistema agrícola basado en la explotación cuidadosa de espacios arables reducidos y en la intensidad del trabajo humano.

Así, se cortaba el tojo y se dejaba secar varios días en el monte; posteriormente se transportaba a la casa donde se separaba el tojo para leña de consumo familiar (más lignificado) del estrume (tojo de 3-6 años). Se obtenían dos tipos de estiércol, el frío o de corredoira (en el que se amontona el tojo y se deja pisotear y pudrir en las corredoiras o caminos) y el cálido o de corte (que se producía en la corte o establo), con mayor calidad.

Por ello, a lo largo de los siglos, una de las mayores preocupaciones de las comunidades campesinas ha sido la preservación, cuando no la renovación y acrecentamiento de los matorrales, entendidos como reservas de estrume .

Para explotar mediante un sistema equilibrado una hectárea de tierras agrícolas, era necesario disponer, por término medio, de una superficie de matorral, viejas toxeiras o ulagales (tojales) incluidas, de una a dos ha que garantizaban la fertilidad necesaria de esa hectárea agrícola.

Por otra parte, durante el transcurso de los siglos, las áreas de matorral han constituido de forma permanente un inmenso terreno para el apacentamiento del ganado y en concreto, en las zonas montañosas fue frecuente el apacentamiento en régimen de semilibertad.

El apacentamiento de las vacas en el monte ha representado un complemento imprescindible al pasto en prados y a los forrajes procedentes de las tierras de cultivo.

Los caballos también son excelentes utilizadores de la landa, y todavía se mantiene la práctica de ganadería equina en monte en régimen de apacentamiento libre, con o sin trabas en las patas. En el caso de las cabras y ovejas, su sustento se basaba fundamentalmente en la utilización de los matorrales próximos a las viviendas.

Por último, las landas también han constituido un suministro complementario de forrajes, ya que tras cortar y picar groseramente los nuevos retoños del tojo, u otras a veces machacados y mezclados con heno o hierba verde, se ofrecían al ganado doméstico.

La dinámica subactual ha estado cimentada en la introducción de nuevas especies agrícolas y forestales. El aumento de los porcentajes de Pinus observado en las zonas polínicas más recientes responde a las plantaciones y repoblaciones iniciadas con anterioridad al siglo XVIII.

Al inicio de este siglo se sucedieron repoblaciones masivas, que llevaron a que el pinar, fundamentalmente con Pinus pinaster Aiton , fuera la formación arbórea dominante en algunas áreas. Recientemente han continuado extendiéndose otras especies, como Pinus radiata D. Don , hacia los territorios interiores.

El primer efecto que tuvieron estas repoblaciones fue la prohibición o restricción de las estivadas , por el evidente riesgo de incendio que suponían, así como la prohibición del libre pastoreo durante los primeros años tras la repoblación.

La importación de flora desde los nuevos continentes, también ha propiciado la llegada de otros cultivos exóticos (maíz, patata, eucalipto) que han reemplazado a los tradicionales. Así el maíz (millo ) se extendió rápidamente durante el siglo XVIII-XIX en este territorio a partir de las zonas en las que se utilizaba tradicionalmente el mijo (millo miudo ) llegando a sustituir totalmente a este, constituyendo en la actualidad uno de los cultivos de más importancia en Galicia, destinado principalmente a la obtención de piensos, aunque inicialmente su destino fue fundamentalmente para el consumo humano (elaboración del pan de broa ).

La patata, introducida también en el siglo XVIII necesitó sin embargo, una mayor adaptación a las condiciones de suelo y clima; ensayos de variedades con mejores propiedades organolépticas y vencer la oposición de los propietarios forales a su utilización, puesto que no podían obtener diezmo de su producción.

Es por ello que su expansión definitiva no se produjo hasta la mitad del siglo XIX, pasando de una utilización para el engorde del ganado porcino a destinarse mayormente al consumo humano, en sustitución de la castaña (hasta la expansión de la patata, producto fundamental tanto para el consumo humano como en la alimentación del ganado porcino) e influyendo incluso en el abandono del barbecho.

El siglo XX supuso la eliminación del sistema foral en Galicia con la Ley de Redención de Foros de Primo de Rivera de 1926, con lo que desaparecieron las imposiciones sobre los cultivos (en general los propietarios forales exigían que se pagase el diezmo en una determinada cantidad de trigo y centeno) y el aprovechamiento de las tierras, al decidir incluso qué cultivos debían ir en cada tierra.

Esto implicó la conquista definitiva de la patata y el maíz sobre las tierras agrarias, los cuales, una vez incorporados a las rotaciones de cultivo, supusieron cambios en las formas de explotación tradicional y en consecuencia en la paulatina desaparición de las formas de organización agraria que perdían así su razón de ser.

El éxodo rural y la migración temporal a los países de Europa occidental durante la segunda mitad del siglo XX desorganizaron y disminuyeron las familias y disminuyó drásticamente la mano de obra, ocasionando una regresión de las rotaciones de cultivo tradicionales puestas en cultivo, según ritmo centeno-barbecho, que pese a ello todavía perduran en Terras do Miño.

Los sistemas de explotación tradicionales y los aprovechamientos ancestrales mencionados anteriormente, retazos vivos de la historia de la relación del ser humano con el medio, se mantienen en Terras do Miño, fundamentalmente en las áreas montañosas, donde los condicionantes del medio sólo permiten este tipo de aprovechamientos.

La importación de flora desde los nuevos continentes, también ha propiciado la llegada de otros cultivos exóticos además del maíz y patata como es el caso del eucalipto que han reemplazado a los tradicionales.

El eucalipto, introducido en el siglo XIX como especie ornamental, se ha expandido de forma masiva por el territorio gallego desde la segunda mitad del siglo XX.

La distribución del eucalipto en Galicia hasta la década de 1990 aproximadamente abarcaba las áreas costeras, siendo la especie mayoritariamente plantada el Eucaliptus globulus . Esta especie, al ir adentrándose en tierras interiores se encontró con un factor clave que frenó su expansión: las bajas temperaturas y las heladas registradas a unas altitudes superiores a los 400 – 450 m. Este es el motivo por el cual el territorio de Terras do Miño se ha mantenido sin apenas presencia de esta especie (el 95 % del territorio tiene una altitud mayor que 400 m) en comparación con las áreas costeras.

El gran rendimiento económico de esta especie en relación a las demás especies forestales supuso elevadas inversiones en investigación por parte de las empresas productoras de pasta de papel, encontrando otras especies resistentes al frío entre las que destaca el Eucaliptus nitens .

De esta manera en la década de 1990 comienzan las primeras plantaciones de eucaliptos resistentes al frío en Terras do Miño, favorecidas por el abandono progresivo del campo y los incentivos económicos (subvenciones) que supone su explotación; al mismo tiempo existe una total ausencia de planificación y regulaciones sobre el uso de esta especie.

La situación actual presenta por tanto una amenaza incipiente con el progresivo cambio de uso del suelo mediante el empleo de estas especies exóticas el cual supone una pérdida de diversidad y una degradación de la riqueza natural de los paisajes característicos de estos territorios. Se aumenta la fragmentación de las manchas de vegetación natural y se pierde el papel que éstas tienen como refugio de la fauna a la vez que se favorece la importante regresión que en todo el ámbito europeo sufren las masas forestales naturales.

Los profundos cambios socioeconómicos acaecidos hasta la actualidad han conducido a este sistema de explotación en el que los medios con índices de naturalidad más elevados del territorio se correspondan con los ambientes higroturbosos localizados en las zonas más altas de las montañas septentrionales (Sierra del Xistral), así como a los medios hidromorfos y bosques pantanosos que, asociados a los cauces principales, progresan a través de las llanuras de inundación.

Sin embargo la pervivencia de estos paisajes culturales, al igual que la de los espacios con mayor naturalidad, se encuentra amenazada en la actualidad ante el despoblamiento, la profunda transformación de los sistemas de explotación y la actual crisis agraria, a pesar de algunas recientes iniciativas para su conservación como son la inclusión de los medios con mayor naturalidad en la propuesta gallega para la Red Natura 2000, así como las medidas agroambientales para la conservación del paisaje a través del pastoreo extensivo y la protección y recuperación de razas autóctonas (razas bovinas autóctonas en peligro de extinción como la rubia galega , y el cabalo galego de monte ).